Muchas de vosotras y vosotros conocéis a Manuel Maldonado. Otros me habéis oído hablar de él. Para mí es mi guía espiritual, mi maestro, el que me puso en camino, y al que tengo tanto que agradecer como muchas, muchos de vosotros.
Ayer nos mandó un escrito que le he pedido poder compartir en este humilde blog de La casa de Jave. Ahí lo tenéis, disfrutadlo.
Como ocurre con frecuencia, los exhortos bíblicos como el de “orad sin cesar”, transmitido por San Pablo, suelen interpretarse literalmente, atribuyéndoles entonces un significado parcial o distorsionado; creyendo en este caso que de lo que se trata es de estar todo el tiempo articulando palabras pensadas o habladas, en forma de súplica. Pero toda la vida puede ser oración, con independencia de la forma que ésta adopte.
Así, para algunos la oración puede consistir en unas palabras pensadas o habladas; para otros, puede tratarse de un intenso sentimiento devocional, sin que medie palabra alguna; mientras que para otras personas, puede consistir en un ofrecimiento de sus actos, en las obras, realizadas con un espíritu de servicio desinteresado. Y, ¿no es acaso la aspiración espiritual en sí misma, una concentrada y persistente oración? De ese modo, podemos ampliar el sentido de este término y hacer nuestras las bellas palabras de Edgar Cayce, cuando dice: “En la oración hablo con Dios, en la meditación lo escucho”.

Dado el tiempo que nos ha tocado vivir, no estaría pues de más tomarnos como un mandato ineludible el exhorto citado y orar sin cesar, entendido, eso sí, en toda su amplitud. Y ello no sólo por la necesidad, evidente por otra parte, sino también por la oportunidad, porque no estamos aquí, en este tiempo, por casualidad. Al contrario, nos dicen los Maestros que pedimos fervorosamente estar en esta tierra, en esta época, porque la repercusión de lo que aquí hagamos en términos de aspiración, devoción y oración, tendrá una repercusión que irá mucho más allá de los límites de este planeta e incluso del propio sistema solar al que pertenece. Nos dicen, incluso, que todo el universo está pendiente de nuestra labor, porque para que “el nuevo cielo” que ya está aquí, descienda, ha de ser preparada “una nueva Tierra”; y esa labor fue la que nuestras almas, en comunidad, adoptaron como propósito al encarnar en este tiempo; una labor que es a la vez un privilegio.
Por Manuel Maldonado
